Esta mañana vino mi madre, fue una sorpresa hace un año que no la veía, como siempre su paz inundo la habitación; es curioso pensé que no la volvería a ver.
Me pidió que la acompañara y así lo hice, así que me dirigí a Valparaíso con ella con ella, en el camino estuvo callada, pero cuando llegamos allá apenas pisamos el pavimento empezó a hablar, me pregunto si me acordaba de cuando era niño y vivimos 2 años acá.
Si recordaba
porque nos mudamos y la verdad es que era tan pequeño que no lo recordaba.
Tras un momento de silencio me lo dijo, en forma de confesión.
Cuando yo tenía 4 años, no mudamos a “Valpo” indefinidamente, estaba en el colegio y me iba como a cualquier niño con excepción a algo, solía escaparme y nadie sabia donde estaba. Después de un tiempo lo supieron, camino al colegio había una pequeña pero antiquísima gruta, algunos dicen que incluso estaba desde el comienzo de la ciudad.
Según mi madre yo decía que me sentía tranquilo ahí.
Cuando llegamos al lugar, empecé a recordar lentamente, que cada ves que me sentía superado y con mido iba ha ese lugar porque me traía paz, me traía tranquilidad. Era como si esa estatua absorbiera todas mis penas y temores, me sentía seguro como si hubiera sido mi madre la que me abrazaba con cariño.
Tras platicar con mi madre y comer algo, nos pusimos de buenas, esto es algo que me da mucha alegría. Porque no seguiré separado de mi familia. Sin embargo hay algo aparte que me da mucha tristeza.
Pensar que aquella virgen estaba ahí tan sola y callada, absorbiendo los temores de la gente, siempre aguantando, de seguro sin ningún apoyo que le traiga tranquilidad a esta testigo divina.
El dolor de saber como evitar el daño y no poder hacer que te entiendan, el soportar todo ese peso, toda esa responsabilidad.
Estoy algo cansado, sin embargo recordar esos años de mi infancia, me traen alegría y me hace sentir honrado de haber vivido en una ciudad con semejante historia, con semejante lugar.
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